domingo, 18 de abril de 2010
Aquí va la mía (Ninguna agresión sin respuesta)
martes, 12 de enero de 2010
Abusones
viernes, 16 de octubre de 2009
Perversiones de una claustrofóbica
Me encanta el metro.
Supongo que venir de la cota cero de altitud tiene mucho que ver. En Alicante lo más parecido a un subterráneo que puedes encontrar, es el parking del Corte Ingles. Bueno, y el novísimo tranvía que, a mayor gloria de Siemens, sirve de excusa para horadar y desfigurar mi ya de por sí urbanísticamente maltrecha ciudad. Pero, aunque sea subterráneo, adolece de la asepsia y funcionalidad esaboría de la obra pública de nuestros tiempos. Así que no cuenta.
El metro me da pavor, y me atrae con su mística de catacumba moderna.
Me encanta asomarme por la boca del túnel, con medio cuerpo pendiendo sobre las vías y mirar hacia esa oscuridad densa de carbonilla que en algún momento cambia muy paulatinamente al negro desvaído, justo antes de que aparezca, solo si la vía hace un giro para entrar a la estación, el debilísimo reflejo, casi imperceptible, de los faros de la maquina sobre los reflectores de las paredes del túnel:
Primero es un puntito diminuto de luz, después, dos; el primero crece en intensidad y el segundo lo hará justo cuando aparezca el tercero y así sucesivamente, mientras el tren toma la curva, hasta que el haz de luz ilumina la pared, fagocita los puntitos y la maquina enfila la recta. Es cuando en el panel que informa de cuanto falta para que llegue el tren te dice que un minuto. Mientras los vagones te pasan como una exhalación por la derecha. Y cuando el tren ya se ha parado, el panel te avisa de que entra. Es dura la vida de un panel de estación de metro, dura y llena de incertidumbre.
El metro es, también, el medio de transporte más uniformador que conozco. Todos viajamos en tercera. O en primera, aunque ahora se diga preferente. Todos viajamos en lo único que hay.
Y te encuentras de todo. Hasta la gente que en la superficie no camina, porque tienen coche, o moto, o limusina con chofer, coge el metro alguna vez.
Artistas que quieren despistar a los paparazzi, señoronas de los barrios altos, altísimos de la ciudad, señorones menos, esa es la verdad, cosa que no acabo de entender. Punkis de seis en seis, mormones de dos en dos, budistas de uno en uno y cabezas rapadas de media en media se sientan codo con codo, o frente a frente. Cuando uno de esos medio hombres coquipelados se sienta en mi vagón a medio metro de distancia de un rumano del acordeón y ni lo mira, siempre me quedo con ganas de decirle: “Perdone, ¿es usted fascista sólo los lunes, miércoles y viernes en horario de oficina?”. Nunca lo hago.
Esos individuos son peligrosos, lo sé, pero es que ahí abajo no lo dirías. Es la tregua tacita del metro. Creo que ya no le queda mucho tiempo.
Otra cosa son ya los transbordos. Esos pasillos interminables y siniestros, de techos bajísimos, que te dan la sensación de caminar hacia dentro en un fotograma de cinemascope. En una película de zombis o de extraterrestres.
Son mi pesadilla.
Hacer un trasbordo de metro después de las ocho de la tarde me parece una temeridad kamikaze si no corres los cien en menos de diez segundos. Y las cámaras de inseguridad colocadas en las paredes refuerzan mi opinión. Y esas puertas, como de tren de la bruja, que me asustaría más si se abrieran que viéndolas cerradas, inútiles, testimoniales, como están siempre.
Pero lo que de verdad me fascina son las vías muertas y las estaciones abandonadas. ¿Sabían que en Barcelona hay una estación, del ancho justo de un vagón, que servía para transportar a diario sacas de dinero hasta (y desde) el Banco de España? Está en la línea cuatro, la amarilla.
No me digan que la idea de que en uno cualquiera de los convoyes podía viajar una millonada, ahí, al ladito de las pescateras que volvían a la Barceloneta, no tiene mucha más enjundia que los prosaicos furgones blindados que no han conocido mayor gloria que aquello del Dioni.
Si tienen oportunidad de viajar en la máquina de un tren, no la dejen pasar.
Y si quieren cumplir una de mis más antiguas fantasías, déjenme las llaves del metro esta noche.
miércoles, 26 de noviembre de 2008
El tren de Zamora
No estoy preparada para ser adulta y voy a cumplir treinta años. Fantástico.
No me aferro a la niñez. A la adolescencia, tal vez, pero no a la niñez. Me equivoqué de sexo al nacer. Hubiese hecho un hombre fabuloso. A ellos se les permite ser adolescentes eternos.
Pero no a mí.
Me sobrepasan las tareas domésticas. Me rodea el caos en menos de una semana. No sé planear un menú, pero cocino de coña con tiempo y un buen pinche. Soy incapaz de vivir demostrando siempre que estoy a la altura. Quiero que supongan que lo estoy.
No chocheo al ver un bebé. Y odio tener la regla. Esa si que es la verdadera maldición bíblica, y no lo de parir con dolor. Puestos a elegir condena, preferiría lo de ganarse el pan con el sudor de la frente. Pero si de esa tampoco estoy exenta, ¿a cuántas maldiciones bíblicas tocamos por persona?.
Pertenezco a una generación diletante, desubicada. En la que es normal llegar a los treinta sin saber que quieres ser de mayor.
Todos mis amigos tienen talento, pero yo tengo, además, tetas.
Y como no soy lesbiana, ¿dónde encontraré a esa persona que me adore y me sustente con su fe hasta que mi talento florezca?, ¿Que mantenga mi casa ordenada y mi ropa limpia para que yo pueda dedicarme a cultivar mi genio y mi ego?
Ellos se casan. O se quedan con su madre.
¿Cómo lograr esa certeza de ser imprescindible para el mundo que lleva a los hombres, con talento o sin él, a dedicarse por completo a lo que les gusta sin reparar en las necesidades y sentimientos ajenos?
Para eso hay que haber nacido rey de la creación, y a mí me tocaba ser el reposo del guerrero. Hay que joderse.
Vengo de una familia en la que el cromosoma Y debería ser obligatorio. Todas las cualidades que poseo adquirirían un carácter inefable y suficiente en un hombre, pero no bastan para hacer de mí una mujer válida.
Por lo visto recibí el legado genético completo de mi abuelo paterno, por cuyas venas corría, fresca como una lechuga, la sangre de Teodoro Diez Sangrador, el héroe del tren de Zamora.
Esta historia, de la que no tengo fechas ni referencias exactas, le sonará a alguien porque en una película antigua, no sé si “ El mayor espectáculo del mundo,” hay una escena parecida, creo:
Un tren descarrila. En el tren, viaja un médico. El médico resulta herido en el accidente. Sabe que la herida es muy grave, pero ante todo, es médico, y su deber es auxiliar a los heridos, así que se tapona la hemorragia y se dedica a salvar vidas olvidado de sí mismo.
Por supuesto, muere. Pero heroicamente.
Seguro que deja mujer e hijos. Pero serán viuda y huérfanos de un héroe. Qué mas se puede pedir.
Me he pasado la vida taponándome heridas para atender a otros. Todas las mujeres lo hacen, en uno u otro grado. Pero yo llevo en mis venas, fresca como una lechuga, la sangre del héroe del tren de Zamora. Si fuera un hombre, mi fama me precedería. Pero no lo soy.
Todas las mujeres somos madres en potencia, y como madres, debemos de darlo todo sin esperar nada a cambio.
Dar mucho, pedir poco. ¿No dice eso la medallita del Día de la Madre?
Con el tiempo y energía que he dedicado a escuchar, consolar o solucionar problemas ajenos, hubiese podido estudiar dos carreras, escribir cuatro libros, batir el record mundial de resistencia en el agua o aprender chino.
Si me hubiese dedicado a mí misma todo ese esfuerzo, no habría en el mundo talento más desarrollado, cuerpo más perfecto ni ego abastecido con mayor mimo que el mío.
